Todos llevan una máscara, puede ser un simple antifaz, de los que se sujetan con una varilla, o una máscara de goma que cubre toda la cabeza, muy llamativa o mimética. Hay quien tiene más de una máscara, en función de las ocasiones, hay quien se pone un disfraz. Y mientras, sigo el hilo de esta reflexión, inevitablemente me convierto en víctima de ella: ¿cuál es mi máscara?
La máscara de una madre quizá sea la que le impide ofenderse y tal vez su disfraz sea precisamente su papel de madre. En el fondo, ella también es una mujer y apenas tiene veinte años más que su hijo. Cuesta hacerse una idea clara de como seremos dentro de veinte años, pero probablemente siguiéremos siendo lo que somos. Con nuestros sentimientos, nuestros deseos, nuestros miedos. A lo mejor esto es lo que nos pasa a los hijos en un momento dado: dejan de ver a los padres como padres y descubren a unos adultos que, inseguros y llenos de miedos, con algunas canas, les recuerdan que ya no son unos niños.

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