miércoles

solo hay una fuerza superior al miedo


-          ¿De qué tienes miedo?
-          No lo sé. Del silencio de la noche. De las voces del día. De la enorme cucaracha que se arrastra hasta mis sueños y me empuja hasta despertarme. De los tocones de los árboles, en los que me siento y de los que me caigo sin hacerme daño en ningún sitio. Y del miedo. A veces solo tengo miedo del miedo y no soy capaz de enfrentarme a él. Es más fuerte que yo.
(Le acarició las mejillas con las dos manos)
-          Verás, todo ser humano, toda criatura terrestre, tiene miedo. Nos envuelve como hacen las moscas con los excrementos. Los animales salen huyendo; se escapan o corren o vuelan o nadan hasta que consideran que ha pasado el peligro o hasta que caen muertos de agotamiento. Los hombres no somos mucho más inteligentes. Intuimos que no existe un lugar en el que podamos escondernos del miedo, pero aún así lo intentamos. Algunos inspiran a ser ricos y poderosos (la gran mayoría); se hacen ilusiones de ser más fuertes que los demás; intentan dominar, a sus hijos, vecinos, pareja, amigos. El despotismo y el miedo tienen algo en común: son ilimitados. Pero con el poder y la riqueza sucede lo que con el opio, que en mi juventud probé más de una vez: ninguno de los dos cumple sus promesas. El opio no me aportó la felicidad eterna; me hizo desear cada vez más. El dinero y el poder no vencen al miedo. Solo hay una fuerza superior a él. El amor.
-          No sé qué es el amor.
-          Lo encontrarás. Lo que no puedes hacer es buscarlo.

El arte de esuchar los latidos del corazón




-          ¿Por qué no puedes ver?
-          ¿Quién dice que yo no veo?
-          Me habían dicho que eras ciego.
-          ¿Yo? ¿ciego? Hace años perdí la visión, eso es cierto, pero eso no significa que sea ciego, veo diferente, eso es todo.
-          Se quedó callado unos instantes y añadió-: ¿y tú? ¿eres ciego?
-          Puedo distinguir entre claridad y oscuridad, nada más.
-          ¿No tienes nariz para oler?
-          Sí, claro.
-          ¿Manos para sentir?
-          Por supuesto
-          ¿oídos para escuchar?
-          Desde luego
-          ¿Y que más quieres? Lo esencial es invisible a los ojos. A nuestros sentidos les encanta confundirnos, y los ojos son los más traicioneros de todos. Nos inducen a confiar demasiado en ellos. Creemos que somos capaces de ver cuanto nos rodea, pero se trata solo de la superficie. No accedemos a más. Deberíamos aprender a percibir la esencia de las cosas, su sustancia, y en ese sentido los ojos no son más que un impedimento. Nos despistan, nos ciegan. Quien confía demasiado en sus ojos descuida el resto de sentidos y el olfato. Estoy hablando de aquel órgano que vive en nuestro interior y para el que no tenemos un nombre. Llamémoslo el compás del corazón.
Tienes que aprender a meditar a meditar sobre este asunto. Quien vive sin ojos debe mantenerse alerta. Parece más sencillo de lo que es. Debe sentir cada movimiento y cada respiración. En cuanto se despierte o se desconcentre, sus sentidos lo conducirán al error, le jugarán malas pasadas como si fueran niños traviesos que solo busquen llamar la atención. Si soy impaciente, por ejemplo, deseo que todo vaya más rápido y acelero mis movimientos, derramo mi té o lo que sea; y no logro escuchar realmente lo que los demás me dicen, porque con el pensamiento ya estoy muy lejos de aquí. O si la irá hace mella en mi interior. En una ocasión me enfadé con un chico, y al minuto siguiente me queme con el fogón de la cocina. No oí como hervía. No lo olí. La rabia había alterado mis sentidos. El problema no son los ojos o los oídos. Es la ira lo que te vuelve ciego o sordo. Es el miedo el que te vuelve ciego o sordo. Es la envidia; la desconfianza. El mundo se encoge o se sale de quicio cuando te enfadas o sientes temor. Y no solo nos pasa a nosotros, sino también a los que ven con los ojos.

martes



Al menos usted nunca será una hortaliza, por que hasta las alcachofas tienen corazón 

                                                                                                                               

en el fondo son muy frágiles, por eso tienden a espantarse


 
 
 
Está claro que él no aspira a nada más que a decepcionarte. Y, aunque suene ridículo, se le da increíblemente bien. Carece de sentido que pienses que no es normal. ¿Sabes qué pasa? Pasa que cuando te gusta un pájaro tanto, tanto, tanto que te derrites por tenerlo al lado, no puedes correr tras él. Está en la naturaleza del pájaro irse volando. 
Suponiendo que le atraparas, piensa, ¿seguiría siendo el mismo pájaro? ¿Qué es un pájaro enjaulado? Irremediablemente, no podría gustarte un pájaro que carece de su don más característico. Un pájaro al que cortan las alas está destinado a la amargura. Y tú lo que admiras es su jovialidad, su destreza, su habilidad, su independencia, su libertad de elección. Si respetas al pájaro, respetas su vuelo. Y ahí es donde reside el quid de la cuestión: el pájaro es quien ha de ir a ti. 
Puede que no lo parezca, pero en el fondo son muy frágiles, por eso tienden a espantarse.