miércoles

El arte de esuchar los latidos del corazón




-          ¿Por qué no puedes ver?
-          ¿Quién dice que yo no veo?
-          Me habían dicho que eras ciego.
-          ¿Yo? ¿ciego? Hace años perdí la visión, eso es cierto, pero eso no significa que sea ciego, veo diferente, eso es todo.
-          Se quedó callado unos instantes y añadió-: ¿y tú? ¿eres ciego?
-          Puedo distinguir entre claridad y oscuridad, nada más.
-          ¿No tienes nariz para oler?
-          Sí, claro.
-          ¿Manos para sentir?
-          Por supuesto
-          ¿oídos para escuchar?
-          Desde luego
-          ¿Y que más quieres? Lo esencial es invisible a los ojos. A nuestros sentidos les encanta confundirnos, y los ojos son los más traicioneros de todos. Nos inducen a confiar demasiado en ellos. Creemos que somos capaces de ver cuanto nos rodea, pero se trata solo de la superficie. No accedemos a más. Deberíamos aprender a percibir la esencia de las cosas, su sustancia, y en ese sentido los ojos no son más que un impedimento. Nos despistan, nos ciegan. Quien confía demasiado en sus ojos descuida el resto de sentidos y el olfato. Estoy hablando de aquel órgano que vive en nuestro interior y para el que no tenemos un nombre. Llamémoslo el compás del corazón.
Tienes que aprender a meditar a meditar sobre este asunto. Quien vive sin ojos debe mantenerse alerta. Parece más sencillo de lo que es. Debe sentir cada movimiento y cada respiración. En cuanto se despierte o se desconcentre, sus sentidos lo conducirán al error, le jugarán malas pasadas como si fueran niños traviesos que solo busquen llamar la atención. Si soy impaciente, por ejemplo, deseo que todo vaya más rápido y acelero mis movimientos, derramo mi té o lo que sea; y no logro escuchar realmente lo que los demás me dicen, porque con el pensamiento ya estoy muy lejos de aquí. O si la irá hace mella en mi interior. En una ocasión me enfadé con un chico, y al minuto siguiente me queme con el fogón de la cocina. No oí como hervía. No lo olí. La rabia había alterado mis sentidos. El problema no son los ojos o los oídos. Es la ira lo que te vuelve ciego o sordo. Es el miedo el que te vuelve ciego o sordo. Es la envidia; la desconfianza. El mundo se encoge o se sale de quicio cuando te enfadas o sientes temor. Y no solo nos pasa a nosotros, sino también a los que ven con los ojos.

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